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En el poblado de Coyuca, México, el gallo de Eulalio Torres sigue siendo tema de conversación, sobre todo entre los viejos que compartieron aula con el entonces admirado propietario del animal. Para ellos, el canto de ese gallo ha sido el mejor que se haya escuchado en toda su historia. “Nuestros padres y abuelos opinaban igualito”. |
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Eulalio murió ni bien empezado el presente año, antes de que los últimos brindis terminasen de adormecer a las recientes promesas, minutos antes de asomarse el sol. En su testamento,  una confesión que el beneficiario duda en revelar a sus paisanos, y que yo, con su autorización —“muy lejos de las orejas del pueblo”—, resumo en poco más de cuatro líneas a manera de cuento:
Eulalio se levantaba a las 5 para cantar al alba. Una vez en clases, disfrutaba del respeto colectivo. Su gallo cantaba como ninguno. Cada semana, Eulalio se iba sintiendo mejor del orgullo y peor de la garganta, hasta que tuvo que inventarse la muerte del gallo. Paulatinamente, sus compañeros volvieron a notar su extrema pobreza.  |
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por Rafael R. Valcárcel |
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