Cuentos para pensar Recuerdos

Visita a mi barrio

  • Los lectores consideran que el recuerdo en sí es sumamente bueno. Además, les parece que está bien contado.
  • A Celia Fernández Lopesino le han enviado 331 abrazos, 288 sonrisas, 159 besos y 193 buenos recuerdos.


  • por Celia Fernández Lopesino
    España / 1971

    Fecha de alta 08-05-2009


    Hola, hace mucho que no escribo nada; en mí la escritura me ayuda mucho cuando estoy triste o deprimida; es cuando mejor lo hago. No obstante hoy voy a intentar plasmar en esta cuartilla lo que pasó dentro de mi cuerpo y dentro de mi alma hace unos días.

    Tenía la ocasión de volver a ver mi barrio, y con él, la casa donde nací. No es que guardase recuerdos maravillosos de aquellos años, pero..., tu lugar de nacimiento y donde has pasado toda tu infancia, adolescencia, y donde has estado soñando con el futuro que esperabas tener, siempre tiene algo de sentimental.

    Bien, aquella mañana subí en el metro, con ilusión, esperaba encontrarme con gente de aquellos días, poder contarles cómo me había ido la vida; que se habían cumplido muchas de mis ilusiones, y que también había tenido mis baches, como todo el mundo.

    Aquel barrio era muy humilde, todos trabajadores, la mayoría de la construcción, pintores (de brocha gorda), jugadores, raterillos, carteristas, modistillas, vividores, mecánicos de coches, que las chicas se sorteaban para conquistarlos pues poder casarte con uno de estos chicos era tener el pan de toda tu vida asegurado, “ellos siempre tendrán trabajo decían las madres”. Y ellos solían decir cuando alguno llegaba a poder trabajar como oficinista, “va- valiente chupatintas-“,también gente de bien, pero con poco poder adquisitivo, que venían por la noche sucios y cansados, pero venían.., mi padre nunca vendría. Por mucho que yo lo deseara. Me quedaba atrás mientras mis amigas de juegos corrían a dar y a recibir el beso y la caricia de su padre.

    Había un joven vecino, soltero y guapísimo mucho mayor que todas nosotras, pero que aún así nos hacía suspirar, con el tiempo me di cuenta de que también era un gran psicólogo. Que siempre que llegaba, me llamaba, me daba un ligero beso en la mejilla y cinco céntimos para que me comprara alguna golosina. ¡Como me envidiaban en esos momentos el resto de mis compañeras de juegos! Aún ahora depuse de cincuenta años me acuerdo de su cara como si fuese hoy.

    Mamá me tenía prohibido acercarme al grupo de chicos que se sentaban en la acera junto al portal de mi casa a jugar al “cané” nunca supe de qué trataba aquel juego, sólo que me estaba prohibido acercarme a ellos.

    Por otro lado a mi tampoco me gustaban demasiado, eran sucios, groseros, mal hablados, y sobre todo muy gritones. Si alguno perdía se peleaban todos, y teníamos que correr a nuestras casas pues allí aparecían navajas de donde menos lo esperabas. Y siempre terminaba viniendo la policía a preguntar a cualquiera que estuviera por las cercanías, sin importarles si eras menor o no. Te gritaban y te asustaban diciéndote que si no les contabas lo que habías visto te llevarían al calabozo. Y por otro lado no podías decir nada pues estaban los otros, los malos. Que no sabías que harían contigo si decías algo.
    Así que te metías en tu casa corriendo y no salías hasta el día siguiente.

    Pero aun así, me gustaba mi barrio, yo sabía como vivir en él. No había rejas en ninguna ventana aunque vivieras en un piso bajo, nada todo se quedaba abierto durante el día, nadie entraba en la vivienda de los demás y aquellos chicos malos no se metían nunca con sus vecinos. Al contrario, estábamos seguros de que nos defendían frente a los de los barrios cercanos.

    Salí del metro, y miré a mi alrededor..., todo estaba cambiado. Había muchas casas nuevas, bloques enteros de casas con muy buen aspecto. Señoras paseando perritos. Otras con sus carros de compra. Y mucha gente de un lado a otro.

    Busqué el colegio donde yo había ido, y allí estaba el edificio, pero ya no había colegio.

    Busqué el primer colegio donde aprendía leer y en su lugar vi un puente enorme que cruzaba las cuatro calles, coches por arriba del puente, coches por debajo..., -¡una vía rápida!- ¡qué digo!, ¿una vía? Muchas vías, una autentica locura. En el lugar de los jardines donde yo había jugado está lleno de suciedad, y con las camas de los indigentes preparadas para la noche, olía a pis, a vino rancio, a comida descompuesta, y estaba negro por el humo de los coches...

    Seguí andando, acercándome a lo que había sido mi casa. La casa donde había llorado, unas veces sin razón y la mayoría de ellas con mucha razón, donde también había reído, hasta dolerme el estomago. La calle había sido empedrada, y tenía “boliches” como decimos aquí, para que los coches no pudieran aparcar. En el nº 5 (antiguamente había una casa enorme con un gran patio y corredores alrededor y un pozo preciosos en el centro donde las vecinas cogían el agua para lavar y fregar) pues no ahora había un parque infantil. Bien me dije esto está muy bien. Miré el lugar donde estaba la casa donde vivía un amigo francés, había un centro de la seguridad social y una cola inmensa de inmigrantes con caras tristes.

    Seguí andando por aquella calle que tantas veces había recorrido cada vez con más tristeza. La calle estaba muy bien empedrada, pero las ventanas estaban llenas de rejas y la calle solitaria. No había ni un alma por allí, nadie que yo conociera. La gente con la que me cruzaba (aunque yo había procurado ir muy sencilla) me miraba de forma austera, como preguntándose, ¿y esta que hace aquí? Algunas veces me daban ganas de decirles, yo nací aquí, esto tiene salida si lo deseáis de verdad os lo puedo asegurar, si yo pude salir también podéis vosotros.

    La gran mayoría de las casas que yo conocía ya no existían, el ensanche se las había tragado.

    Estuve esperando frente a mi casa por ver si alguien salía y así podía entrar para ver si aun quedaba alguien a quien conociera. Antes los portales estaban abiertos, podías entrar sin necesidad de decir donde ibas. Ahora están cerrados a cal y canto.

    Por fin vi salir a una joven inmigrante y le conté por encima mi historia, me abrió la puerta y ¡allí estaba!, la misma escalera. Llevaba tanta alegría que me encontré con unos jóvenes que salían con un niño pequeño y también les conté mi historia esperando una sonrisa o un gesto de sorpresa, pero no eran miradas hurañas, no entendían por qué yo había querido volver a aquel lugar. Pero juro que antes a pesar de nuestra pobreza, éramos felices, yo fui muy feliz en aquel lugar, de acuerdo, hubo momentos difíciles e incluso malos momentos. En general fui feliz, viéndola de nuevo me sentía feliz al revivir mis años de la infancia y de mi adolescencia, recordando aquellas noches calurosas de verano en que los vecinos nos sentábamos en las puertas de nuestros portales a comer pipas y a contar chistes los mayores y cuentos a los niños. Esperando que con la noche llegara un poco de fresco para poder ir a dormir, compartíamos todo incluso la cena algunas veces –Yo tengo tortilla de patata, y yo de bonito, y yo tengo ensaladilla, y cenábamos todos de lo de todos. Ahora no ahora ni se conocen los vecinos.

    Cuando pregunté si vivía alguien de aquellas personas que yo conocía ni la joven que me abrió la puerta y los jóvenes papás me pudieron decir quién vivía. Me decidí a tocar a una puerta, la que había sido la mía, me abrió una señora que me conoció al instante, y me hizo entrar para que viera que no habían hecho ninguna reforma que todo estaba como lo dejó mi madre (pobre mía, ¡cuánto trabajo para poder darnos unos sencillos estudios! Para poder salir de aquel lugar, cuánto cuidaba de nosotros y cuánto sufría por no poder estar más tiempo con nosotros, pero el tiempo que estaba aunque era poco, era de tanta calidad...)

    Después subí al piso siguiente, y allí me encontré con otras dos hermanas de las de mi época. La que era de mi edad no podía moverse, arreglando el suelo de su casa, se hizo daño en la columna y se quedó en una silla de ruedas. Y la mayor, la que siempre “como ella misma reconoció” espera que su hermanita pequeña la cuidara. Era la que estaba cuidando de su hermana pequeña.

    La estampa era triste, y me sentí muy mal parecía que había ido a hacer alarde de mi buena suerte en la vida. Pero ellas gracias a dios no lo vieron así, o al menos eso parecía. Pepita, “la mayor” se alegró muchísimo de verme, y me contó todo cuanto había ocurrido desde que yo desaparecí del barrio. Recordó cómo en mi cara se veía la ilusión por la nueva vida que me espera y al tiempo la tristeza por el miedo a perder algo que había sido una gran e importante parte de mi vida.

    Sí, me recordaba y aún puede ver en sus ojos alegría al verme y cariño y agradecimiento por haber ido a visitarlas; aunque había tardado mucho en hacerlo, lo importante es que lo había hecho y eso significaba que no les había olvidado.

    Y lo juro nunca las olvidé ni las olvidaré jamás.

    (Recuerdo escrito el 28 de diciembre de 2008)



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