Cuentos para pensar Recuerdos

Sólo hasta pronto

  • Los lectores consideran que el recuerdo en sí es muy bueno. Además, les parece que está bien contado.
  • A Daniel le han enviado 385 abrazos, 232 sonrisas, 429 besos y 226 buenos recuerdos.


  • por Daniel
    Argentina / 1992

    Fecha de alta 12-10-2008


    Era un mediodía más, terminaba de comer junto a mi esposa y me preparaba para iniciar la segunda parte del día. Me dirigía a la puerta cuando el sonido del teléfono hizo más lenta mi marcha, trataba de adivinar quién llamaba, pero no me detuve, imaginé a mi esposa atendiendo. Se escuchó su voz, “hola…Edu, cómo te va...espera, espera, Daniel tu papá...”

    A 2000 kilómetros de distancia, esas palabras generan un pánico interior, sentí temor, el cruce de miradas con mi esposa no daba lugar a otra cosa. Mi padre agonizaba en la terapia de un sanatorio, lo habían internado hacía pocas horas, pero no pasaría la noche, algo había estallado en su interior, algo ya no quería seguir.

    Voy para ella, dijo inconsciente, pero seguro que lo haría, tenía que verlo, hablar con él, despedirme.

    Dame bien la dirección, buscaré un vuelo, es la única manera, chau nos vemos...

    Empecé a dar vueltas mientras unas lágrimas asomaban en mis ojos, me di cuenta que no sabía por dónde empezar...¿habrá vuelo? cuál es el último, cómo hago...

    Mi señora ya estaba llamando al aeropuerto, me derrumbé en un sillón, no iba a conseguir vuelo, comenzaron a desfilar muchas imágenes de mi padre, un hombre grande, muy fuerte, acostumbrado a trabajos rudos, un obrero, un buen hombre, por qué no te dije más veces que te amaba, por qué no te abracé más fuerte, viejito, perdóname...¡¡Daniel!!

    El grito de mi esposa me sobresaltó. Hay un vuelo, sale en 30 minutos, hay un lugar, te lo reservan, apurémonos.

    Correr, subir, bajar, leerle la dirección al chofer del taxi y recostarme en el asiento trasero del vehículo, aferrando el pequeño bolso que contiene algunas cosas personales que mi esposa y mi hija pusieron y que yo aferraba como si fueran un tesoro. En realidad mi mano se crispaba alrededor de los recuerdos que fluían como las escenas de una película muda en blanco y negro, saltando sin tiempo mientras que a través de la ventanilla la ciudad se mostraba con todos sus colores y matices de una tarde de agosto, húmeda y calurosa, para la ropa que me había puesto.

    Claro, yo venía de muy al sur… ¿Por aquí está bien?... Sí, dije como un autómata y traté de ubicarme... Es un sanatorio... Ahí enfrente..., gracias. Quédese con el vuelto.

    Bajé del taxi, esperé que arranque, entonces vi a mi sobrino en la vereda de enfrente, él vino hacia mí, nos abrazamos... Tío, vamos, está en el quinto piso.

    Terapia Intensiva, el ascensor era viejo, lento, todo era viejo, había un olor especial..., el doctor me prometió que te va a dejar pasar... Lo seguí como un perrito a su dueño, mucha gente en el palier, atravesamos una puerta, un cartel decía Prohibida la Entrada... El doctor...me autorizó, dijo que cuando llegara el hijo del señor..., le avisáramos... El enfermero me miró con lástima, moviendo la cabeza… Contesté con una mueca, agradeciendo su comprensión.

    El doctor nos hizo pasar a una sala...qué rápido que hizo, me comentó sorprendido, miró su reloj, habían pasado tres horas desde el aviso y había recorrido 2.000 Km.

    ¿Qué tiene mi padre doctor? La aplicación fue simple, se desgarró una arteria, la sangre invadió los pulmones, no se puede parar la hemorragia, la edad…, la vida.

    Me pidió que fuera discreto, se refería a no hacer escándalo dentro de la terapia, algo así como demostrar los sentimientos. Él me iba dejar pasar para que yo pudiera estar un rato con mi padre que estaba consciente.

    Me pusieron un camisolín de terapia sobre mi ropa, le dije a mi sobrino que se fuera que yo lo iba a llamar y se llevó mi bolso.

    La antesala al mas allá es como en los aeropuertos cuando entregas el pasaje y entras al preembarque…eso, “Terapia” es el preembarque de un vuelo sin retorno, un viaje de ida...o de vuelta si pensamos que la ida fue nuestro nacimiento.

    Busqué entre olas de blanco y verde, lo vertical se movía, médicos, enfermeras, lo horizontal entre cables y aparatos, las camas puestas en un cierto orden, dentro de un desorden que parece controlado...allá vi a mi padre, acostado, cubierto con una sábana, mirando hacia el techo, respiraba con cierta agitación.

    Viejito, ¿qué pasó?... Se sonrió. ¿Para qué te hicieron venir?, ¿por qué te molestaron con todo lo que tenemos que hacer?... ¿Qué decís viejo?, cómo no voy a venir.

    Me di cuenta que la conversación no era fácil, qué hacía, ¿le hablaba de la muerte?, trataba de contener el llanto, y él me preguntaba por mis hijos, mi trabajo, mi esposa y trataba de ocultar sin duda un dolor muy fuerte. Por Dios, grita... Ni una mueca, vino una enfermera...cómo anda Don Pachi...bien...voy a ponerle una inyección tengo que pincharle de nuevo la vena.

    Lo intentó varias veces pero no la encontraba. Disculpe, Pachi...no se preocupe, perdóneme usted que le doy tanto trabajo...no mi amor, usted es un santo.

    Logró encontrar la vena y acomodó el goteo, me miró...es un sedante, morfina, está muy dolorido…hasta luego Don Pachi, le acarició la mejilla y se alejó. Vi una lágrima en sus ojos. Me quedó dando vueltas ese dialogo, se está muriendo, y le pide perdón por el trabajo que le da. Y yo me asusto cuando me duele el pecho.

    Miré a ese hombre, el sedante hacía efecto rápidamente, le apreté la mano y le pregunté...viejito, ¿me escuchas?... Sentí la presión en mi mano, su forma de decirme sí.

    Hablé largos minutos susurrando a su oído todas las cosas que creía me había olvidado decirle, le dije cuán orgulloso me sentí de él, de su entereza, y le agrada el ejemplo de grandeza que uno debe tener ante la muerte, sonrió a cada frase o apretaba mi mano, prometimos encontrarnos nuevamente y recordar este momento. Chau viejo, hasta pronto. 



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