Cuentos para pensar Recuerdos

Rosas de octubre

  • Los lectores consideran que el recuerdo en sí es sumamente bueno. Además, les parece que está muy bien contado.
  • A Sonia Soledad le han enviado 262 abrazos, 251 sonrisas, 285 besos y 220 buenos recuerdos.


  • por Sonia Soledad
    Argentina / 1975

    Fecha de alta 14-10-2007


    Es domingo de octubre y se festeja el día de las madres. Pienso en esa hacedora de milagros que ya no está pero como decía: “Seguimos vivos si alguien nos recuerda”.

    Con mis padres nos mudamos a su casa cuando se quebró el fémur y no podía valerse por sí misma. Había suficiente espacio para todos y dejamos nuestro departamento.

    Como mis padres trabajaban todo el día, una señora fue contratada para su cuidado. Resultó una gruñona, y de a poco yo me fui haciendo cargo de las necesidades de mi abuela.

    Atrás quedaron la tristeza de comer en la cama y los tirones de pelo después de cada baño. Cuando yo llegaba del colegio la acicalaba y comíamos juntas mientras la gruñona se ocupaba sólo de la limpieza.

    Más tarde, mientras mi abuela tomaba una corta siesta, hacía rápido mis tareas escolares para preparar lo que llamábamos nuestro ritual. Consistía en tomar el té con ropas bonitas, usando su mejor vajilla y los manteles bordados. Nunca faltaban los scons que me enseñó a hacer.

    En verano bebíamos té helado con hojitas de menta en la galería y pasábamos horas hablando. Yo también había encontrado quien me escuchara.

    Nuestras charlas eran lo que más apreciábamos. -Con la vejez querida, una entra como en una especie de anonimato. Con el tiempo dejan de escucharte y hasta de verte -decía-. No es por maldad, pero en estos tiempos todos andan demasiado apurados, cansados para dialogar y la televisión parece ser el interlocutor más válido.

    Un día, mientras plantábamos una variedad de rosal (me había enseñado todo para sus cuidados), me contó que cuando tenía mi edad a menudo era castigada porque prefería leer y no hacer otras tareas, pero las plantas siempre le habían gustado.

    Decía que había hadas escondidas entre ellas. En sus historias, la fantasía y la realidad parecían mezclarse como en sus libros. Las horas con mi abuela eran como bellos cuentos con moraleja.

    Nuestras conversaciones fueron cambiando de tono a medida que pasaba el tiempo y yo crecía. Le preocupaba mucho mi educación y de a poquito me fue inculcando la idea de que el saber nos hacía libres.

    Una tarde, mientras comentábamos un libro que hablaba del amor, le pregunté sobre el abuelo y su vida juntos. Tenía ya catorce años y comenzaban a interesarme los chicos.

    Me dijo que, como todas las esposas burguesas, sólo debía ocuparse de programar las cosas de la casa y que al cabo de meses se sentía totalmente aburrida y desilusionada.

    El nacimiento de mi madre la había alegrado, pero nunca pudo canalizar sus inquietudes de estudiar o trabajar. No eran bien vistos en aquella época. 

    -¿Y el amor abuela?, ¿el amor?

    -El amor Ximena, sólo se puede sentir y dar cuando una siente plenitud con uno mismo primero y después con los demás y eso a mí me fue vedado. Cuando el camino a nuestra espalda es más largo que el que tenemos enfrente, te das cuenta de todo pero es tarde. No pude rebelarme entonces y me refugié en los libros. A través de sus protagonistas viví lo que hubiese querido para mi existencia, que fue buena, pero no siempre el proyecto de ser madre o esposa colma el espíritu inquieto de algunas mujeres. Y yo era una de ellas.

    Después de esa charla observé a mi madre que trabajaba, pero no se la veía bien. Así que en la primera oportunidad lo conversé con mi abuela.

    -Ella no es feliz porque trabaja en lo que puede y no en lo que le gusta. Tuvo la oportunidad para seguir una carrera pero prefirió casarse muy joven y enseguida llegaste vos. Sin un título las opciones para conseguir trabajos bien pagos escasean. Demasiado orgullosos para aceptar nuestra ayuda, siguen luchando con tu padre, algo que admiro, pero podía haber sido diferente.

    Los años pasaron y así como crecía el amor por mi abuela, su salud decrecía. Ya no podía salir al jardín la mayor parte del año, y sus mejillas estaban pálidas.

    No obstante mis actividades, seguía cuidando de ella, y tan ávida de nuestras conversaciones como cuando era chica.

    Estaba en el último año de la secundaria, cuando me preguntó si ya había elegido alguna universidad. Me di cuenta que hablaba en serio, pero ella sabía mejor que nadie que a pesar del esfuerzo mis padres no podrían con los gastos, y se lo dije.

    -Sólo necesito saber si tu deseo es seguir –me contestó muy seria.

    Como en una película velocísima pasaron por mi mente todas nuestras charlas y un sí lleno de energía salió de mi boca. 

    Entonces me pidió que le acercara una caja de madera de sándalo apoyada sobre su cómoda de donde sacó un papel con mi nombre; al costado figuraba una gran suma de dinero y un número de cuenta.

    Con su sonrisa pícara que tanto conocía me dijo: -En todos estos años, de la pensión de tu abuelo fui guardando una suma para vos, mi querida. Te lo ganaste con creces por todo tu amor y dedicación. De nada sirvió decirle que no podía irme, que quien iba a cuidar de ella...

    -Ahora le toca a tu madre, nos vendrá bien un tiempo juntas, concluyó.

    Permanecimos abrazadas largo rato. Era octubre como ahora y el aroma de las rosas nos envolvía...

    Mi abuela murió cuando yo cursaba el segundo año de arquitectura. Recuerdo especialmente nuestra última charla porque me pareció de una sabiduría entrañable.

    Dijo que envejecer no era algo tan terrible si en nuestra vida cumplíamos al menos un sueño, si teníamos momentos gratos para recordar y si habíamos amado a alguien.

    Y agregó: -“Nunca olvides que una buena educación te hará independiente y libre para elegir, dos buenos motivos para alcanzar la felicidad”.

    En un rato llegará mi madre para celebrar juntas nuestro día. Mi marido y mis dos hijos preparan asado en el jardín. Me siento plena como lo deseaba mi abuela. Sin embargo, pienso que si mi madre no hubiera seguido sus sentimientos, yo quizá no estaría aquí y mi abuela no habría tenido en quien concretar sus sueños.

    La vida es como el juego de la oca, podés hacer una cosa y no la haces, volvés para atrás en vez de ir para adelante y en un segundo se juega toda tu existencia.

    Las dos mujeres más importantes de mi vida hicieron posible que yo ganara el juego. Cada una a su manera.


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