Cuentos para pensar Recuerdos

Repaso de una vida

  • Los lectores consideran que el recuerdo en sí es muy bueno. Además, les parece que está bien contado.
  • A Mª Carmen López-jaraba Mora le han enviado 313 abrazos, 220 sonrisas, 212 besos y 304 buenos recuerdos.


  • por Mª Carmen López-jaraba Mora
    España / 1960

    Fecha de alta 17-11-2007


    Hoy, tengo ganas de recordar, más bien de repasar, mi vida...
    Recuerdo cuando era pequeña, cómo mi madre me hacía las trenzas mientras yo me quejaba por los tirones de pelo al desenredármelo, recuerdo un olor especial en la despensa, a laurel o alguna hierba que no se bien que era, recuerdo una escalera de madera en la cual me castigaban cuando no quería comer, recuerdo una alcoba con puertas acristaladas, y una lámpara azul que conservo guardada con todo mi cariño.

    Y, aquella ventana donde mi hermana mayor se sentó un día con las piernas hacia afuera asustando a mi madre que venía de comprar el pan.
    Aquel primer día de escuela en el que lloré, creo que como casi todos los pequeños en su primer día separados de su madre, recuerdo que mi madre me compró un caramelo masticable de fresa, mi boca cree recordar aquel sabor especial...

    Luego, fui creciendo sin remedio y, en 5º hice mis primeros (y creo que últimos) novillos. Pillada y castigada, como era normal.

    Recuerdo la palangana donde nos lavábamos la cara y las manos todas las mañanas, y el barreño de zinc lleno de agua calentada al sol para bañarnos los sábados.

    Por mi mente se pasea el día de mi primera comunión con el vestido de novia que estrenó mi hermana dos años antes, era precioso, creo que nunca he visto otro vestido igual de bonito; en aquellos tiempos heredábamos todo, la ropa, los libros, e incluso las responsabilidades.

    Creo que era feliz... Sé que era feliz.

    Luego, en un día todo cambió, no para mal o para bien, sino que dejé de ser la niña que jugaba con su muñeco rubio, y que aún creía en los Reyes Magos, para pasar a ser una mujer. Me bajó mi primera regla, justo el día que estrenaba mi 11 cumpleaños y un short naranja de rayas negras que, como es lógico, manché.

    También recuerdo el primer día que fregué los platos y que hice mi cama, uf... que difícil me parecía todo.

    En el colegio iba bastante bien, incluso sacaba algún sobresaliente en matemáticas, y recuerdo que lo que menos me gustaba era costura. Para mí el día que tocaba, era un martirio.

    Entonces también teníamos clase los sábados, y rezábamos al entrar y salir de clase. En el último curso, los sábados se dedicaban a deportes, y me apunté al equipo de baloncesto (jajaja, con mi gran altura). Ahí fue cuando mi corazoncito se enamoró del profe de baloncesto, era tan guapo, alto, castaño claro… cierro los ojos y le veo. Así comencé a saber lo que es sufrir, porque ya comenzaba a funcionar el sistema de los sentimientos en mí.

    A mis 14 años recién cumplidos me hice novia formal (de las de antes) de un chico, se llamaba Antonio, y durante 9 años dejé de ser persona para pasar a ser “la novia de”.

    Bueno, de esa etapa prefiero recordar solamente lo positivo. Aprendí, en unos días, que la vida se pierde sin remedio si no la intentas vivir, y como por arte de magia, dejé de ser tímida. Comencé a vivir por mi misma, a decidir lo que quería y sentía que tenía que hacer, y decidí que no iba a pasar a ser “la señora de”, abandonando todo aquello que me parecía una condena.

    Aún sabiendo que era una campanada en un pueblo tan pequeño como el mío, lo dejé, como aquel que dice, a los pies del altar.

    Recuerdo que mi mayor apoyo fue mi madre y sus palabras: Hija, más vale una vez colorado que un ciento amarillo. Si lo quieres dejar, déjalo, nunca te cases por obligación.

    Y así comencé a vivir en dos años lo que no había vivido de mi juventud. Durante ese tiempo salí con tantos chicos, que a veces quedaba con dos el mismo día y a la misma hora.

    Quería beberme la vida, quería recuperar esos nueve años de mi vida, toda mi juventud, pero, es irrecuperable, os lo juro. Por mucho que se intente, la vida no da marcha atrás, no te da una segunda juventud porque la hayas perdido queriendo ser mayor.

    A los dos años conocí al que creí mi amor, y al año siguiente, sin pensármelo dos veces, le di el sí ante el altar. Hoy, la verdad es que nos llevamos bien como amigos, cosa que nunca pasó mientras fuimos matrimonio.

    Hace casi 6 años decidí acabar también con ese tipo de vida y, aunque no me separé y continuo viviendo con el, delimité mi territorio y expuse mis necesidades. Así pasamos a ser separados de mutuo acuerdo, sin papeles.

    Al poco tiempo conocí a alguien, un alguien que pasó por mi vida rompiendo todos mis esquemas, alguien que me hacía sonreír, alguien que me hizo creer en los sueños, en el futuro, alguien que me inyectó la fantasía, alguien que no me pedía nada a cambio de una sonrisa, alguien que hizo que me enamorara de su interior, de su corazón, y creo, hoy (cuando pienso en él) creo que él también se enamoró realmente de mi.

    Un año duró aquella bella historia de risas y juegos, parecíamos dos críos, él tenía 42 años y yo 43, pero no éramos conscientes de nuestras edades, éramos dos locos jugando a vivir a 1000Km por hora.

    Un día después de desayunar, se marchó. Llevaba lágrimas en los ojos, lágrimas que yo achaqué a un poema que le había escrito; pero, a partir de ahí dejé de saber de él, hasta casi pasado un año.

    Una mañana, cuando mi corazón ya se había puesto una coraza, me llamó para decirme que se estaba muriendo y que quería verme... no le creí, pero murió y yo no fui a verlo.

    A veces siento que no hice bien, a veces creo que quizá hubiéramos reído juntos como antes y que eso le habría hecho más feliz antes de irse. Pero... ya no hay marcha atrás, el murió y yo... tuve que continuar viviendo, a veces muy a pesar mío.

    Del tiempo que pasó entre aquello y lo que comencé a vivir hace algo más de tres años, prefiero olvidarlo. No recuerdo nada positivo de él.
    Y, cuando tenía el corazón lleno de tiritas y arropado de nuevo por una buena coraza, armada hasta los dientes y atacando con la sensualidad para obviar el sentimiento...

    Un día, no recuerdo si hacía sol o estaba nublado, sólo sé que hoy cuando lo recuerdo, lo veo como un día lleno de esplendor, lleno de luz, con un aire limpio y con un cielo claro y azul.

    A partir de ese día comencé a creer de nuevo, a reír de nuevo con toda el alma, a sentir con todo mi corazón, a confeccionarme un futuro maravilloso. Volvía a creer en los cuentos de hadas, en la fantasía del amor, volví a creer que yo podría ser feliz y que estaba capacitada para hacer feliz a alguien, recobré las ganas de compartir mi vida, de regalar mi vida.

    Esos ojos, al mirarme en ellos, me devolvían la imagen de una mujer grande, de una persona responsable, de un ser humano capaz de llegar a lo más alto por su amor.

    Y llegaba, llegaba día a día, el sólo hecho de verlo sonreír me hacía crecer y crecer, mi alma llegaba a las estrellas.

    Comencé a sentirme capacitada para cosas que nunca imaginé, incluso a ponerme en la piel de los demás, a sentir objetivamente que todo era respetable aunque yo no pensara igual, comencé a dejar vicios que nunca pensé que eran malos, pero descubrí eran armas crueles, armas que herían y que incluso podrían matar.

    Aprendí a pedir perdón y a reconocer que me equivoco.
    Ahora ya intentando no recordar, porque en realidad me duele, o no... Es una sensación de querer recobrar vivencias, sentidos y olores como aquellos de la despensa, como en clase el olor a lápiz.

    Es especial, os lo juro, ese olor cuando ibas a la mesa del profe a sacarle punta a aquel lapicerito que ya solamente tenía el nombre por lo poquitin que
    quedaba de él, o cuando se encendía la estufa de carbón que apenas calentaba, pero era realmente hogareña.

    Y luego, cuando a media mañana colocaban la olla grandota llena de agua para luego añadirle la leche en polvo (uf, yo prefería comerme el polvo seco, jajaja, pero sin pensar mal, el polvo de la leche en polvo, claro) incluso me apuntaba a la recogida del comedor por una cucharadita de ese polvito amarillento, pero estaba bueno, lo juro.

    Recuerdo también el día que tocaba en el comedor: de primero, filetes rusos con escarola; de segundo, casi siempre, tocaban lentejas (agua con botones, jajaja) y de postreee…umm, la reoca ¡¡¡Natillas con canela y azúcar!!!

    También recuerdo que el crujir de la tiza en la pizarra no me molestaba tanto como me molesta hoy en día. Creo que me he vuelto menos tolerante.

    Y recuerdo los sueños en los recreos: “de mayor seré...” escuché y dije tantas veces: “yo seré”. Siempre cuando me preguntaban que quería ser de mayor, me costaba trabajo ubicarme en el futuro, y de ahí que aún no sé ni dónde, ni cómo me encuentro, porque amigos, ni soy enfermera en el frente, ni aún francotiradora contra el enemigo.

    Ni soy aviadora, ni incluso azafata, no soy científica ni he descubierto el antídoto contra el mal de amores, jajaja, ni soy ministra (gracias a dios) ¡¡¡cohona!!!

    Sólo me faltaría eso, sólo me queda clara una de mis ideas de aquellos años, que aunque yo cargara con los castigos, nunca delataría a ningún amigo, y Lexe... algunos se sirvieron bien de mi “principio”, pero no me arrepiento de nada, os lo prometo.

    No me arrepiento ni de los 9 años de juventud (de toda mi juventud) que abandoné en mi caminar dedicados a Antonio, pero bueno, como ya veréis me duele recordar.

    Jajaja, me encanta recordar, me gusta verme vestida de falda tableada, jersey verde botella, calcetines de rombos hasta las rodillas, y mis trenzas... mis preciosas trenzas, joooer, el día que me las cortaron lloré como si hubiera perdido a mi más querido muñeco.

    Pataleé ante la peluquera como si me dolieran las terminaciones de cada fibrilla débil de mi pelo, monté el “jari” mayor contado de mi historia de pequeña; aunque aún sigo siendo pequeña, lo juro, 1.60 para más señas; fue justo cuando iba a hacer la primera comunión (había que crecer).

    Imagino que fue por eso, la verdad es que tampoco me paré mucho tiempo a pensarlo, en aquellos momentos sólo sentía que algo iba a cambiar, y claro que cambió.

    De ir todos los domingos a misa (después de tomar la sagrada forma, claro) pues como que se me relajó la fe, o que me volví mayor, o vaga, o yo que sé... Diré que es: que abrí los ojitos (pido perdón a los que aún tengan la fe intacta) y comencé a ver los caprichos de la “Sagrada Iglesia” y comencé a compararla con la pobreza que se nos mostraba continuamente por la televisión.

    Por cierto, es algo que recuerdo con mucho cariño, la televisión. Nos juntábamos toda la vecindad en casa de Paco, el fotógrafo, que era el único que tenía televisión por esas fechas, y pasábamos tardes enteras mirando el “jodio” aparato al que había que darle vueltas al botón casi cada 5 minutos para encontrar la emisora, jajaja.

    Recuerdo que cada día jugaba en la plaza del pueblo, ahí pasé a vivir cuando mi padre se embarcó en la odisea de montar el negocio hostelero (o sea, bar de pueblo. ¡Precioso por cierto!) al agua, o sea, canicas como se diría ahora.

    Ese hoyito en el suelo donde teníamos que meter a empujones con nuestras bolitas de cristal las del contrario para ganar, yo (jeje), era la campeona, la campeona en perder, claro.

    Son incontables las canicas que perdí, pero la que más me dolió perder fue mi “Choni”, esa bolita más pequeña de lo normal que le había cogido tanto cariño. Yo, amigos, os lo juro, no ganaba ni haciendo manga (o sea trampa).

    Jugábamos al rescate o a chipre, o a burro, o a la taba; y cuando teníamos necesidad de que nuestra adrenalina subiera a límites insospechados, jugábamos a las guerras barrio contra barrio. Siempre terminábamos con alguna baja por escalabraduras varias (jajaja), ahí sí que nunca caí. Yo me escalabraba solita cruzando la calle automáticamente y sin que mediara ningún enemigo en la otra acera.

    Mientras estoy recordando me doy cuenta de que apenas si jugué con muñecas, creo que las cosas de "niñas" no me iban demasiado, ahh...

    Recuerdo que hubo un tiempo en el que soñaba que era militar o policía, no sé exactamente, sólo sé que yo mandaba mucho. Y os juro que no era presidente del gobierno, porque por aquel entonces teníamos dictadura, cosa que no alcanzaba a comprender. Lógico.

    Los deberes eran el castigo diario por: no sé. Pero la verdad es que a diario siempre había algo que castigar. Una mala contestación, un mohín, una desobediencia, un taco o palabrota… bueno, siempre había algo, seguro.

    Echo de menos muchas cosas de mi niñez, más que nada porque no las veo en los niños que conozco. Yo nunca me aburría, nunca.

    Seguro que alguno de vosotros también ha construido su fuerte con palitos de polo, y su coche con una caja de zapatos; o, lo más normal del mundo entonces, una espada con dos listones de madera. Eso era inventiva, creatividad, hoy lo he cambiado por la playstation y los juegos de ordenador. Claro, normal. ¿Cómo no me voy a aburrir? no tengo un amigo a quien apedrear, jajaja, ni al que pedir ayuda en la batalla.

    Hoy se me ha roto la play y (no te fastidia) me ha dado lástima, he pensando en las horas que he compartirlo con mi "ojos bonitos" jugando al Tarzán, era todo un placer mirarlo mientras me ganaba (casi siempre).

    Lo mismo que al parchís, me dejó ganar la primera partida y después ¡¡¡Joer!!! acribilladita me tiene. No sé por qué le resulta tan fácil ganarme; ¿será que mientras jugamos mis sentidos están solamente en sus ojos? No sé, el caso es que hemos cambiado los juegos por la siesta, últimamente le damos unas palizas a mi gran cama... ufff, se está tan agustito pegada a su piel...

    Bueno, pero hoy no estaba por la labor de contaros mi vida erótico-festiva, jajaja, intentaba sólo seguir recordando cosillas.
    Pero se ve que mis neuronas están pelín espesitas. Así pues, lo dejo para otro momento.

    http://duende-dilye.blogspot.com

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