Cuentos para pensar Recuerdos

Norte y Sur

  • Los lectores consideran que el recuerdo en sí es sumamente bueno. Además, les parece que está muy bien contado.
  • A Rosa le han enviado 252 abrazos, 238 sonrisas, 217 besos y 248 buenos recuerdos.


  • por Rosa
    España / 2008

    Fecha de alta 13-04-2008


    Aquella mañana se levantó pronto, se duchó, desayunó y se vistió. Realizó una llamada a su padre, deseaba llegar cuanto antes a la estación aunque su tren no salía hasta las diez y media de la mañana, pero ella quería comenzar pronto su viaje. Sabía que le quedaban muchas horas por delante hasta llegar a su destino pero no le importaba. Se despidió de su padre y subió al tren. Por fin comenzaba su viaje; un viaje largo y pesado, pero estaba contenta y feliz, por fin iba a ser libre durante unos días.

    Después de unas ocho horas llegó a su destino. Una ciudad que la embriagaba y la embrujaba, un lugar que ya conocía. Estaba nerviosa, su corazón latía rápido; cogió sus maletas y bajó del tren. Miró hacia ambos lados pero él no estaba, y comenzó a caminar dirigiéndose hacia la salida, quería verlo, no lo conseguía. Se subió a las escaleras mecánicas y seguía buscándolo con sus grandes ojos. Por fin, allí, apoyado en la barandilla, estaba él. Se le dibujó una sonrisa que iluminó su rostro, su corazón palpitaba más rápido, había esperado tanto tiempo para ese momento, lo había imaginado y soñado tantas veces durante las últimas semanas, que ahora no sabía muy bien qué hacer, qué decir o cómo actuar.

    Las escaleras llegaron a su final, y... se fundieron en un abrazo. Los nervios flotaban en el aire, se dieron varios besos, se volvieron a abrazar y se miraron, sonrieron, estaban juntos ya, no lo podían creer, el uno frente al otro, tanto tiempo esperando.

    Así comenzaron sus cuatros días, entre abrazos y besos tímidos, suaves, intensos, malos y buenos…; caricias y reconocimientos, juegos y esperanzas, olores a incienso y músicas que invitaban a que todo fuera perfecto. Se conocían, pero no como ahora, su diferencia de edad no era problema, ella seis años mayor que él, pero en la apariencia eran dos personas con la misma edad; ella más joven, él, mayor.

    Entre ellos la química fluía, eran el norte y el sur, el blanco y el negro; tan solo los separaba una delgada línea, y su equilibrio, el centro. Él lo daba todo, pero ella por primera vez sentía miedo y no la dejaba reaccionar, sus ojos antes intimidadores, ahora ya no tenían efecto ante él, era ella la que se sentía intimidad por él, débil y desprotegida ante su mirada, sus besos y caricias.

    Pero como todo en la vida, el tiempo corre y no espera a nadie y esto llegaba a su fin. El día antes se despidieron. Lo hicieron en la habitación del hotel de ella, un lugar pequeño y cómodo donde varias tardes se habían buscado y encontrado. Su luz los arropaba en aquella tarde triste y sombría.

    Sentados en la cama, la arropaba bajo sus brazos, besos suaves y tímidos, miradas que querían hablar, nervios y melancolía. Se acababa, llegaba a su fin. De pie en la puerta se abrazaron, ella lo apretaba, intentaba parar ese momento, se miraban, se besaban, se sentían. Eran tantas sensaciones. La voz de él le susurraba en el oído; "siempre estaré a tu lado, no te dejaré, te quiero, estos días han sido especiales…". A ella la voz no le salía, intentaba articular alguna palabra pero aunque abría su boca su voz no salía. No quería llorar, pero sus ojos comenzaban a brillar, una lágrima y otra, y otra recorrían sus mejillas, era tanto lo que sentía en ese momento.

    Se abrió la puerta y él salió, se dieron el último beso, él se apoyó en el quicio de la puerta, la miró, su dedo tocó su mejilla, le dio el último beso y le dijo "adiós guapa", y se fue. Ella se apoyó en la puerta, esperó unos segundos hasta cerrarla, cuando lo hizo se apoyó en ella y comenzó a llorar en silencio.

    A la mañana siguiente realizó el mismo ritual que el primer día, pero ahora su cara ya no era de felicidad. Se subió al taxi que la llevaría a la estación y mientras tanto se iba despidiendo de aquella ciudad que la había embriagado, sus calles empedradas, sus olores a azahar, sus colores, su embrujo...

    Subió al tren, alguien le ayudó a subir su maleta, él no estaba allí, aunque miraba las escaleras, esta vez él ya no vendría. El tren comenzó a circular, ella se puso sus gafas oscuras, aunque por debajo de ellas corrían las lágrimas, se estaba marchando, miró a través del cristal y vio por última vez esa ciudad. Despacio cogió su libro y muy lentamente su dolor se fue sumergiendo en aquel libro, el cual la arropaba como él cuando estaban sentados en la cama, como cuando estaban en la calle abrazados, como cuando él la besaba... como cuando se sentían y ella, estaba tranquila.



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