Cuentos para pensar Recuerdos

No había aire

  • Los lectores consideran que el recuerdo en sí es muy bueno. Además, les parece que está muy bien contado.
  • A Cira le han enviado 402 abrazos, 356 sonrisas, 421 besos y 369 buenos recuerdos.


  • por Cira
    España / 1966

    Fecha de alta 10-05-2007


    Es la sensación que recuerdo, más que una imagen o una palabra, la sensación de no aire, de moverte en un espacio vacío, y lleno a la vez.

    Cuando mi padre murió, dejó de haber aire en la casa y ruidos y movimiento. Pareciera que cuando hay un muerto es de mal gusto hasta toser o correr una silla...

    Cuando mi padre murió, cada miembro de mi familia, todos más grandes que yo, asumieron rápidamente su papel y lo llevaron hasta sus últimas consecuencias, creando una perfecta coreografía: uno con la viuda, otro con los niños, otro con el rosario, otro con el teléfono, y así hasta las cosas más cotidianas. Y faltaba el aire y recuerdo que me costaba respirar. 

    Ahora sé por qué me costaba respirar, y es que mi casa se llenó como por arte de magia de personas oscuras, besos salivosos y achuchones impregnados de pachuli y yo, tan pequeña, fui la que recibió la dosis mayor. Ahora lo sé, pero en aquel momento pensaba: mi padre se ha ido y se ha llevado el aire. Cada vez que la gente vaya muriendo, se van llevando el aire.

    Y los lamentos y el caldo casero y el vaso de agua, y los hombres agrupándose en torno a un puro o un cigarro sin boquilla, mientras ellas con los mandiles impolutos, repartían caricias, dulces, sonrisas y embutido. 

    Y yo pensaba: Por qué cuando se juntan los mayores siempre comen, beben y fuman? Yo cuando estoy con mis amigas hago otras cosas como jugar a la goma o a piedra, papel, tijera.

    Recuerdo pasar entre grupo y grupo y no ver a mi madre. Recordaba que hacía mucho tiempo que no la había visto. Fueron mis tías, las dobles de mi madre, las que me atendieron mientras en la habitación del fondo el tiempo iba adelgazándose hasta desaparecer, y fueron ellas las que con cariño y con firmeza abrieron una grieta en su tristeza y le insertaron dosis de vitaminas, amor y responsabilidad: tienes unos hijos pequeños que te necesitan.

    Cuando murió mi padre las horas se alargaban como los chicles y no había ningún rincón vacío. Ni siquiera en los dormitorios encontrabas esa intimidad que conduce al sueño porque seguía llegando gente y no se iba nadie, y cada vez que sonaba la puerta volvían los lamentos en voz alta y los besos, los abrazos y vuelta a empezar. 

    Parece que nunca va a amanecer, pensaba. Ojalá con la luz del día, aunque sea una luz fría de febrero, desaparezcan estos olores y estas sombras y haya silencio, y mi mamá me acaricie la cabeza y me de besitos.


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