Cuentos para pensar Recuerdos

Los barcos a la distancia

  • Los lectores consideran que el recuerdo en sí es sumamente bueno. Además, les parece que está muy bien contado.
  • A Mari Belaustegui Rey le han enviado 558 abrazos, 507 sonrisas, 519 besos y 464 buenos recuerdos.


  • por Mari Belaustegui Rey
    España / 1949

    Fecha de alta 29-03-2007


    Lo que voy a relatar es real y lo haré con palabras sencillas, las que empleo normalmente, pues mi cultura tampoco es tan amplia como para dármelas de escritora, aunque tengo que reconocer que me gusta mucho escribir, sobre todo relato corto. 

    A mis 65 años, casi en el umbral de la vejez, aunque mi cabeza funciona perfectamente, se agolpan en mi mente recuerdos de mi niñez que aún me conmueven como si hubieran ocurrido ayer.

    Yo tenía 7 años y eran las fiestas de mi pueblo en el que, durante ellas, en un día señalado se pasea por el mar a la patrona de la villa marinera donde nací. Adornan los barcos con gran profusión de banderas, flores y ramos y la gente se pelea por subir a ellos, acompañar a la Virgen y también subirse en otros barcos que navegan alrededor para hacerle los honores. Todos los años eligen una embarcación que transporte tan preciado tesoro y hay una multitud que desde la orilla contempla tan singular espectáculo. Precioso de veras.

    Yo estaba mirando cómo subían la imagen con todo mimo y cuidado y había otras personas haciendo lo mismo. De repente, unos brazos me sujetaron por detrás y, a la voz de un marinero que gritaba “¡Allá va esto!”, me lanzaron hacia el interior del barco y yo sentí como si volara antes de dar con mis infantiles y frágiles huesos contra las maderas de la proa. 

    Nadie hizo caso de mis lloros y tristeza. Había mucho barullo de ruidos y risas y ninguno notó mi presencia. La de una niña pequeña que encogida sobre si misma, lloraba en silencio de impotencia y de miedo. El paseo fue sin lugar a dudas, una de las peores experiencias de mi vida, pues sentí tal mareo que pensé que iba a morir.

    Al regresar fui a mi casa y me metí en la cama con la ropa puesta y así me encontraron mis padres al llegar. Estuve tres días sin probar bocado con el estómago revuelto y con un miedo en el cuerpo que nada ni nadie podía quitar. Por más preguntas que me hicieron yo, erre que erre, no respondía a ninguna y mis padres no sabían qué hacer conmigo. Lo que no podía decirles por nada del mundo, era que me había subido en un barco, pues tanto mis hermanas como yo lo teníamos terminantemente prohibido. 

    Pensando que el castigo era un añadido más a la angustia que yo sentía, callé. Pero callé siempre, pues es la primera vez que me atrevo a hablar de ello después de tantos años.

    La secuela que me dejó aquella aventura, fue que jamás volví a subirme en una embarcación, hasta hace tres años, en un viaje familiar que hicimos a O GROVE (GALICIA ). Tenía una espina clavada en lo más profundo de mi ser y quería superar aquel percance que tanto me había marcado en mi niñez, pues me parecía una cobardía llevarlo a rastras desde la infancia.

    Hacía un día precioso y la mar estaba en calma. Había excursiones en barco para ver los criaderos del mejillón y yo pensé para mí que era la ocasión para acabar con aquel recuerdo que me atormentaba. No fue fácil decidirme, porque mi cabeza era un verdadero caos y la sensación dentro de mí no era nada favorable a la valentía. 

    Me llamé cobarde unas cuantas veces y al final, después de mucho pelear conmigo misma, me decidí a subir en el dichoso barco con parte de mi familia y una amiga. Ni qué decir tiene que ellos no sabían nada de mi experiencia y mi lucha interior. 

    En el trayecto nos sirvieron un hermosa fuente de mejillones al vapor, que estaban exquisitos, también una botella de Albariño de lo más fresco y delicioso, que me reconfortó por dentro y por fuera. Lo pasé muy bien. Fue una experiencia muy buena, pero que sólo ha servido para quitarme la espinita y darme cuenta que soy capaz de superar complejos y traumas. Pero para muestra ya tengo el botón y nunca más pienso repetir la hazaña. Me encanta la mar y los barcos y todo lo que con ella se relacione, pero sólo para verlo desde la orilla.



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