Cuentos para pensar Recuerdos

El anillo heredado

  • Los lectores consideran que el recuerdo en sí es sumamente bueno. Además, les parece que está muy bien contado.
  • A Alicia Bordones Garrido le han enviado 368 abrazos, 406 sonrisas, 351 besos y 344 buenos recuerdos.


  • por Alicia Bordones Garrido
    Chile / 1948

    Fecha de alta 18-03-2007


    La abuela de mi madre cumplió 99 años. La recuerdo en su jardín cuando el sol brillaba en su blanca cabellera que parecía de algodón, mientras me enseñaba la belleza de las flores, sus nombres y el cuidado que les daba.  Ese atardecer fue a su pieza a prepararse para recibir a los invitados; salió vestida con su mejor tenida dominguera y su larga trenza cambió por un alto moño, se sentó en su mecedora a narrarnos La Bella Durmiente. Entonces lo vi, era un anillo diferente a los que conocía, era alargado, vertical, brillaba en su mano, déjame ponerlo en mi dedo Memé, tus dedos son muy pequeños me respondió. Otro día te lo prestaré pero sobre mi cama para que no se caiga de tu dedo. 

    Los niños cenamos antes que los mayores (la numerosa prole de sus descendientes y amigos) para luego retirarnos de la velada y no molestar.

    Todos los domingos la acompañaba a su cuarto para contemplar esa belleza y lucirla en mi mano. 

    Cuarenta y tres días después de cumplir sus 100 años, no despertó aquella mañana. Tiempo después, mi abuela me dijo: Este anillo es para ti, pero tu madre lo guardará y te lo pondrás el día que egreses de la universidad, antes lo podrás usar sólo en el cuarto de tu madre. 

    Así fue, el día de mi boda mi madre me entregó una carta perfumada escrita por mi bisabuela antes de su partida en la que me expresaba que ella había heredado el anillo del mismo modo que yo, un día que lo vio se prendó de él. 

    Años más tarde fuimos de paseo a un riachuelo con mi marido y mis pequeños para refrescarnos y estando sentada sobre la arena con el agua sobre mis piernas hundí mis manos en el agua y mojé a mis hijos, las piedras, dos brillantes y una esmeralda brillaban como nuevos. 

    Esa noche me percaté de su pérdida, no logré conciliar el sueño, regresamos al lugar muchas veces y no apareció. Debe haber llegado al mar dijo mi esposo, mandaremos a hacer uno igual, pero yo quería sólo el mío. 

    El verano siguiente regresamos al lugar y nostálgicamente jugué con el agua y la arena entre mis dedos. De súbito sentí algo que se deslizó en mi dedo, era mi anillo, pero ¡cómo estaba allí si la lluvia y la corriente aumentaron en invierno! ¿Extraña coincidencia o milagro de amor de la dueña anterior? Mi anillo no quiso otra dueña y me enseñó a cuidarlo con atención.
    Hoy soy abuela de cuatro nietas y sólo una de ellas lo contempla arrobada en mi mano. ¿Se repetirá la historia?


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