Le fascinaban los bebés. Todos los bebés. Los niños de más de dos años, no. Unos pocos le gustaban y con casi ninguno se sentía a gusto. Lo que sentía era pena. Pena y frustración. El olor de un bebé, sus pequeñas manos, los dedos finos y suaves, la sonrisa dulce y su mirada inocente despertaban en él ternura. Nada más. La fascinación que lo inundaba nacía de la posibilidad. En la Convención Iberoamericana para el Desarrollo de 2001, celebrada en el Distrito Federal de México... continuar. |